martes, 25 de diciembre de 2012

First minute, first round

A La Negra (esa Negra no ¬¬).

- Hay universos que ya no será posible inventar- sentenció categórico.
A Damiana le tenía sin cuidado; nunca creyó en esas realidades alternas que se construían sobre la arena. La cosa era clara: Mateo quería, Damiana no. Pero necesitaba una especie de cenicero, de esos que se llaman Mateo y no son fáciles de encontrar. Damiana fumaba demasiado.

Damiana era como esos boxeadores que pudiendo asestar un nocaut antes del quinto asalto, optaban por cansar al oponente, llevarlo hasta el límite. Mateo quiso ser el champion of the Damiana’s heart, pero tarde cayó en cuenta que nunca dejó de ser un sparring.

“No tires la toalla”, se decía; y tras cada izquierdazo volvía al cuadrilátero antes de que terminara el conteo. Damiana pudo dejarlo fuera desde el primer round, pero entonces quién le haría el día en los aciagos días de octubre; días lluviosos, fuera de temporada.

Damiana nunca tuvo idea, pero era campeona mundial peso pluma en los híbridos sueños de Mateo, que siempre creyó ser el mejor oponente; el único que podría hacerle contrapeso.
-¿Y ahora qué voy a hacer con tus guantes? Eran rojos, como los pediste.
-No sé, no me preguntes.
-Tengo un par de entradas para la pelea de “La Barbie” Juárez.
-Aún puedes venderlas.

“Mejor colgar los guantes que los tenis”, pensó Mateo. A veces creía que le hubiese gustado caer ante Damiana como lo hizo Sonny Liston con Mohammed Ali: first minute, first round.

Habían pasado varias semanas y se mantuvo firme: “esta vez no le hablaré”. Pasaron un par de meses y del viejo teléfono de discado sólo salía la voz del agente de cobranza que se ostentaba como licenciado: él también preguntaba por Damiana. Ni el buró de crédito la podía encontrar. Damiana nunca llamó.
Un mal día, llevado por ese fuego incontrolable de saber qué diablos había sido de ella regresó al gimnasio.
-La última vez que la vi estaba saliendo con “El Valedor” Méndez, mejor ni le busques-.

Esa mañana Mateo no recordaba nada.
-¡Cómo se te ocurre llevarle serenata a La Damiana!
-¿Le gustó?

“El Valedor” le había metido una madriza monumental. Sólo Don Ferras, el chaparrito alentador de los boxeadores sin talento, se había aprestado a visitarlo; juntos se curaron la cruda con un par de botellas de medio pelo: mitad para la garganta, mitad para las heridas. De La Damiana, ni sus luces.

Sonó el teléfono: Damiana estaba en el hospital, su vida pendía de un hilo. Mateo desempolvó los guantes.

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